jueves, 27 de enero de 2011

Merlín, el mago de los reyes, de Franco Vaccarini

Con Franco (my partner in crime) somos amigos y, curiosamente, nos hicimos amigos hablando de la muerte. Para esa época, en el lapso de un año y un poquito, se me murieron tres Mayores: Malke, Lelia y mi viejo. A Franco se le había muerto el padre. Y en nuestras charlas dispersas era un tema recurrente. Para mí fue fundamental: en ese momento, ninguna de mis personas cercanas habían experimentado ese nivel de pérdida y hablar con ellos me daba consuelo pero sentía que no me entendían, me sentía pedaleando en el aire. Y así fue el click
En este capítulo de una de sus últimas novelas, habla de la muerte con total poesía. Me debía este post desde que salió el libro. Aquí está ahora.

Capítulo 24: Gladis 

A Merlín le agradaba estar con Vivian. Hija de un rey y de un hada; ella llevaba en sí el misterio y la revelación de las cosas que viven y mueren en el mundo. Había sido el mago quien le construyó un palacio submarino en el Lago del Fuego, al Oeste de Brocelandia y fue él mismo quien le confirió el título de la Dama del Agua. A través de ella se conectaría con las hadas guerreras de la isla de los Manzanos, porque el mago necesitaba una espada; pero no cualquier espada: una espada mágica.
Cada tanto Merlín partía hacia el bosque para estar a la sombra de aquellos árboles venerables y para descender a la morada del lago.
Una noche despertó inquieto, sobre los edredones dorados y blandos, luego de las imágenes que atravesaron su descanso: pájaros saliendo de las llamas, pájaros que tenían un mensaje para él. Sobresaltado, salió del cuarto. La oscuridad era casi total. Estaba en el Palacio de las Aguas, su creación. Por encima y a los costados lo rodeaban las inmensas corrientes, pero un escudo invisible las mantenía alejadas de los muros, creando un corredor vacío, túneles en el agua que comunicaban hacia el exterior. Era una obra grandiosa, preanuncio de otra obra grandiosa para Merlín y su imaginación de arquitecto: una ciudad entera, una ciudad para un reino futuro. Pero aún faltaba mucho tiempo para eso.
Desvelado, caminó por las galerías sin preocuparse del ruido de sus pasos, descubriendo el mensaje que los pájaros quemados, negros como la turba, le habían trasmitido en el sueño. Vivian lo encontró cuando ya estaba inmóvil, frente a una ventana abierta a la noche y a las múltiples constelaciones, por encima de las olas tranquilas.
–¿Entonces qué? –quiso saber ella.
–Mi madre murió –respondió él.
Ella caminó hasta rozar el cuerpo del mago, y le dijo, consternada:
–Qué pena que estés tan lejos. En este lugar. Tan lejos de tu aldea.
–No estoy lejos. Y este lugar es un buen lugar para recibir esta noticia –dijo Merlín.
Lo cierto es que Merlín ya no se sentía lejos de ninguna parte. Ahora era, simplemente, común a todos los lugares. El mundo era su santuario.
Vivian, aliviada por la respuesta, tuvo ánimo para tomar sus manos. Merlín sentía el silencio, lo que se detenía lejano, el vértigo de la noticia. El mundo sería un poco más extraño y más frío, pero los dedos de Vivian entrelazados con los suyos le daban un calor que jamás había sentido.
Hacía no tantos días había pasado por la aldea y la anciana apenas podía tenerse en pie. Era inevitable el final y Merlín comprendió que ya no la vería nuevamente; en secreto se despidió gesto a gesto, caricia a caricia y palabra a palabra, pero ahora el viento noctámbulo batía sus alas de murciélago, el viento que se filtraba por los túneles y las mareas. Ahora el viento confirmaba que Gladis había perdido el aliento y que se iniciaba el proceso en que se uniría al suelo y a las corrientes subterráneas, a los manantiales de la madre inmensa que todo aglutinaba en sí, consumida por la enfermedad sagrada.
Vivian tenía manos pequeñas. Manos que, sin embargo, lo sostenían ahora con firmeza.
Entonces el mago conoció el goce íntimo de la tristeza en compañía, el goce secreto en que uno puede llorar y ser feliz por estar con la persona indicada en el momento más difícil y entregarse al conjuro de un abrazo, para que nada que no fuera su propio dolor lo atormentara en ese momento. Merlín bajó todos sus escudos protectores. No quería fingir, estaba el dolor y él quería estar con el dolor; Vivian lo rodeó con sus brazos, sostuvo sus manos entre sus manos, apenas habló. Las estrellas sepulcrales, los pájaros dormidos: silencio.
Durante esas horas el mago y el hada hablaron de cosas pequeñas, de recuerdos infantiles, de lágrimas y madres. De un sabor pretérito que flotaba en las células de la noche y que los impregnaba de una hermandad  desconocida para ambos. 


4 comentarios:

Marti dijo...

El día que te conocí (ni un día antes ni uno después) supe que íbamos a ser amigas. Así pedalenado en el aire como estabas desde ese día quise acompañarte y ahora me doy cuenta que es porque ya te quería (y ahora claro un poco más).
La cita es muy bonita, la copiaré en mi blog e iré en breve por el libro de tu amigo.
Martis

Ana Lucía dijo...

Me acuerdo perfecto del día que te sentaste en mi escritorio e hiciste la pregunta correcta: ¡qué alivio que me diste! Y sí, te quise al instante. Y ahora que hacemos cositas juntas (y qué cositas, mamita!) más todavía. Chuik, chuik!
(El libro te lo doy cuando nos vemos.)

Ileana dijo...

Estuve buscando este libro en el catálogo online de varias librerias sin suerte. Así es que amplié mi búsqueda, y apelé a la ayuda de San Google. Y ahí, apareces vos, con tu reseña sobre el libro de Franco Vaccarini. Ana ¿tendrás idea si es posible conseguir una copia?
Gracias de antemano por la info!

Ileana dijo...

Maravillosa la gente de Pictus! Ya me pasaron info de donde conseguir el libro!. Gracias igual Ana-